martes, 24 de septiembre de 2013

Capítulo 3


Una mano me distrajo de mis divagaciones.

¿Es que acaso no pueden dejar que una se adentre en sus jodidos recuerdos sin ser molestada?

Me negué a abrir los ojos.

No, señor. Para qué me interrumpen.

—Sé que estás despierta, cara, abre los ojos—dijo el guapo italiano.

¿Todos los italianos serían así? Porque demonios, estaba empezando a considerar, que de salir viva de aquí, donde sea que estuviera, me iría a vivir a Italia.

Ya me imaginaba despertando y saliendo por las mañanas para encontrarme a todo un arsenal de sexis y calientes ciudadanos italianos.

YUUMMM…

Unos labios rozaron los míos, fue tanta mi sorpresa que no pude hacer más que abrir los ojos y tratar de alejar con mis manos al enorme espécimen masculino que se inclinaba sumamente divertido sobre mí.

Hijo de puta.

Lo fulminé con la mirada.

¿Por qué me molestaba?

¿Por qué a mí de todas las personas de esta ciudad, maldición: de este mundo?

Era innegablemente guapo, con su piel perfectamente bronceada, su cabello oscuro y sus ojazos verdes.

MALDITO ITALIANO SEXI.

¿Por qué tenía que ser tan guapo?

¿Por qué no podía dejar de decir eso?

Sí, era guapo, ¿Y qué? Hombres más bellos tenía que haber.

“Sí, claro…suerte buscándolos” respondió cínicamente mi conciencia.

“Hija de puta” la maldije.

Espera.

¿En verdad estaba pensando cosas estúpidas mientras un…sexy italiano…me tenía secuestrada…en un…un hospital?

AHORA LO SABIA: YO ESTABA LOCA.

Así de sencillo, era la única explicación posible.

Estaba loca, y de un momento a otro me refugiaría en mi propio mundo imaginario para evitar enfrentarme a la realidad de que estaba secuestrada.

Y el hecho de que mi captor sea ilegalmente guapo, no mejoraba en nada la situación.

—¿Dónde estamos? —exigí con temor a la respuesta.

DIOS MÍO.

Estaba secuestrada.

S-E-C-U-E-S-T-R-A-D-A.

Y seguramente ahora parecía una estúpida.

—¿Me estás haciendo caso, mi bella dama? —preguntó el italiano sacándome de mis pensamientos.

Sentí mi cara sonrojarse.

—Mmm…no… ¿Qué decías?

Sus ojos se pusieron en blanco y me miró exasperado, como si creyera que de alguna manera mis neuronas habían decidido tomar una siesta en el momento más inoportuno.

ESTÚPIDO ENGREIDO.

Podría tener una belleza inimaginable pero quería jodidamente golpearlo hasta la mierda. Y quizá después besarlo. Sí, muy probablemente le patearía el culo y después de lo besaría…finalmente le patearía las pelotas y saldría corriendo como el infierno lejos de él.

—Concéntrate—gruñó nuevamente.

Bien, lo admito. Él estaba justificado.

Es decir, imaginaba que debía ser molesto que te tomaras la molestia de secuestrar a alguien y cuando esperabas darle tu discurso maniático sobre el por qué lo hiciste…la victima decidiera que sus pensamientos eran más interesantes que tú. Sí, yo estaría furiosa en su lugar.

Después de todo, lo estaba ignorando…ejem, sin quererlo…lo estaba ignorando sin poder evitarlo.

Sus labios se volvieron a estrellar contra los míos en un beso rudo y carnal.

SANTA…MIERDA.

Su boca forzó la mía a ceder ante la suya. Me forzó a ceder a sus exigencias. Y gustosamente lo dejé. Era…increíble…su forma de besar…su forma de sentirme poseída…su…

¡HIJO DE PUTA!

Abrí los ojos en shock.

¿Qué demonios me ocurría?

Una lágrima se deslió por mi mejilla.

Su boca se alejó de la mía pero él no se apartó de mi espacio personal. Permaneció a un par de centímetros de distancia de mí, como si remarcara su poder sobre mí. Lamentaba admitirlo, pero estaba jodidamente indefensa ante su voluntad.

—¿Ya estamos en sintonía? —insistió con voz ronca.

Tan ronca que era tan carnal y seductora…

—Sí—susurré sin poder apartar la mirada de la suya—ya no hueles a mierda de vomito.

Está bien…así que había conseguido sobrevivir a…lo que sea que me hubiera pasado…ahora, ¿Estaba jodidamente tratando de hacer que me matara?

TONTA. TONTA. TONTA.

Sus labios se crisparon adorablemente y creo que mi cerebro pudo haber hecho corto circuito allí mismo. ¿Estaba babeando por la esquina de mi boca? Esperaba que no.

—Fue un gran detalle haberme vomitado encima, ¿Eh? —bromeó con un fuego ardiente brillando en su mirada.

¿Fuego ardiente? ¡A LA MIERDA! Debía ser su maldad y su jodida crueldad interna la que ardía por salir a su exterior. Debía ser su maldad queriendo hacer acto de presencia para sacar la mierda fuera de mí a golpes.

Sí, debía ser eso.

Debía creer eso…porque de lo contrario…estaría jodidamente a merced de él…

—Muy probablemente vuelva a hacerlo ahora—respondí dulcemente.

Sus ojos se entrecerraron y su ceño fruncido fue algo…lindo de ver.

¿Qué mierda?

Él no era “lindo”, era un jodido mafioso italiano con aspecto de Dios griego.

Él no era bueno y debía recordarlo.

—Hazlo…entonces también te vomitarías sobre ti misma—respondió finalmente con la misma voz dulce que había utilizado.

Idiota.

—¿Qué pasó? —decidí cambiar de tema esperando que se apartara de mí.

No lo hiso.

Por el contrario, se acostó a un lado de mí en la pequeña cama, me jaló contra él y rodeó sus brazos a mi alrededor. Con delicadeza pero con una rotundidad clara de que no se apartaría.

¿Qué…?

—Bueno, después de que me vomitaras encima te traje al hospital…te operaron de apendicitis y el resto es historia—respondió alegremente.

Como si estuviéramos hablando de conejitos y arcoíris.

DIOS SANTO.

¿Y si era un psicópata mafioso bipolar? En resumen: ¡UN LOCO!

¿En qué me había metido?

—Olvidas la parte en la que te vi apuntando con un arma a José—hice una pausa y giré mi rostro hacia él intentando ignorar sus brazos a mi alrededor—hablando de él, ¡¿Dónde mierda está?!

Para mi gran sorpresa…él se rio.

Comenzó a reír como un maniático, confirmando mi hipótesis de que era un loco salido de un psiquiátrico.

—¿Por qué te exaltas, bella, acaso tienes miedo que haya hecho daño a tú…amigo? —preguntó con diversión.

¿Qué tanto lo divertía?

¿De qué me estaba perdiendo?

—No es mi amigo…no ahora…pero eso no quiere decir que lo quiera ver adornado con huecos en el cráneo porque un idiota psicópata tiene un fetiche con  disparar balas al cerebro de la gente—respondí enojada.

Sí…volvió a reír divertido conmigo.

—No soy tu maldito payaso de circo personal para que te rías de mí—gruñí queriendo apartarme de él…pero también quedarme.

SANTA PUTA BELLEZA DE LOS ITALIANOS.

Debía de estar teniendo un episodio de…Estocolmo…sí, eso debía ser.

Me relajé con la tranquilidad de que muy probablemente me había vuelto loca y esa locura justificaba mi estúpido comportamiento de mierda.

Sí, sé que maldecía hasta por los codos…pero…no podía evitarlo.

Espera, me estaba alejando de lo importante… ¿Me habían operado?

Casi quería desmayarme allí mismo, en los brazos del sexi italiano mafioso, solo de pensar que debía tener alguna rajada en mi podre cuerpo. Solo de pensarlo temblé. Le tenía pavor a las inyecciones…y a las operaciones.

—¿Siempre eres así de…fresca? —preguntó sonriendo sin contestarme realmente a mis preguntas.

¿Fresca?

¿Qué diablos quería decir eso?

Debió de haber notado mi confusión porque rápidamente se explicó: —Eres como un soplo de aire fresco en mi vida.

Nuevamente, ¿Qué diablos quería decir eso?

Lo dejé pasar porque verdaderamente no quería conocer la respuesta.

—¿Estábamos hablando de José, loco psicópata? —insistí.

Alzó una ceja y me miró con diversión.

—Él está bien…en su casa—respondió.

¿En su casa? ¿Qué mierda hacía en su casa? ¿Qué mierda hacía lejos de su mierda, dejándome a merced de sus…mafiosos conocidos?

Tragué saliva.

Esto no estaba bien.

Nada estaba bien.
Si lo habían dejado ir… ¿Por qué no hacían lo mismo conmigo?

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